¿Dar ayudas que tapen agujeros o incidir directamente sobre las causas del problema, fomentando la capacitación, para que el avance económico y social sea sostenible? Éste es el eterno debate y es, una vez más, el centro sobre el que giran, en diferentes escenarios internacionales, las posibles soluciones propuestas a la crisis global, por los actores decisivos de todo el mundo.
Por ejemplo, en España, las principales organizaciones económicas y sociales se acaban de reunir con el Gobierno para tratar de dilucidar cómo se hace frente a la crisis sin dejar las arcas de la Seguridad Social vacías para nuevas eventualidades. Pero el diálogo ha sido difícil, porque el tema a tratar no era precisamente un juego de niños.
La controversia sobre las ayudas, el diálogo social, las alternativas que se están discutiendo y barajando sobre quién debe pagar la crisis y cómo nos llevan a algo que se desprende de la propia globalidad que nos ha dirigido hacia la crisis. Todos somos responsables de nuestro destino y, por consiguiente, del destino de resto de la Humanidad. Así que quizás deberíamos valorar que esta crisis la hemos de pagar entre todos, aunque, por supuesto, quienes más responsabilidad tienen en ella –las grandes multinacionales, los estados estandartes del neoliberalismo más descarnado, las naciones con más recursos económicos generados en su mayoría por la extracción de recursos materiales de terceros países, etc- deberían colaborar más directamente que el resto. Es decir, deberían asumir esa responsabilidad y ser, al fin y al cabo, más responsables de la crisis para con todos.
Judith Belmonte Rivera



